Acababa de sonar la alarma del móvil. Eran las 7 de la
mañana y debía levantarme. Parecía un día más, pero había algo que hacía que no
lo fuera. Me di cuenta al probar el café. Era diferente. El aroma del grano
colombiano recién molido me trasladó a una zona tropical y húmeda como si fuera
algún personaje de las novelas de García Márquez. Tras perderme en mis
pensamientos paseando por el río de la Magdalena en un barco de vapor como
Fermina Daza en su primer viaje fluvial, volví a Madrid para empezar a recordar
mi visita del día anterior a Mantequerías Bravo, origen de ese café que hacía
de aquel jueves algo tan especial.
