Me preparaba para un viaje largo e intenso. Ni siquiera
había amanecido cuando sonó la alarma del despertador. Fue mientras tomaba el
café del desayuno cuando comencé a ver como aparecía ese incipiente tono violáceo
en el cielo que iban dejando los primeros rayos del sol y que me recordaba el
ribete del vino joven en la copa.
Iniciamos camino a la Rioja Alavesa. En el cuerpo un
hormigueo especial. Parece mentira que te ocurra algo así cuando apenas quedan
unos meses para cumplir el medio siglo, pero es posible. Por el estómago me
recorría ese nerviosismo que se siente en las excursiones escolares cuando
apenas levantas dos palmos del suelo y toda tu felicidad está concentrada en el
bocadillo de tortilla que te ha preparado tu madre y que comerás en medio del
campo con tus amigos del colegio.
Por el camino, mirando las tierras de Castilla, venían
a mi cabeza versos de Machado. La paleta de color era grandiosa, amarillos
pajizos del verano mezclados con el verde de las viñas que cada vez era más
frecuente y extenso. Llanuras y montañas en perfecta armonía que te hacían
disfrutar de lo grande de la naturaleza y de la geografía española.
La
bodega
Tras cuatro horas de trayecto, la recompensa. Frente a
nuestros ojos se encontraba la estructura de cristal de Bodegas BAIGORRI diseñada por el arquitecto Iñaki
Aspiazu. Una isla transparente que emergía en medio de campos regados de viñas
que parecían haber sido dibujadas al detalle para rodear ese espacio en el que
la uva se convierte en vino.

